De cómo el tiempo cambia a las mujeres o el cristal con el que son vistas.

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ELEUTERIO.- Cuando apareció la hija de la mañana, la Aurora de rosáceos dedos, yo, el caro hijo de Odiseo, me levanté de la cama, vestíme, colgué del hombro la aguda espada, até a mis nítidos pies hermosas sandalias y, semejante por mi aspecto a una deidad, salí del cuarto. Enseguida mandé que los heraldos, de voz sonora, llamaran al ágora a los melenudos aqueos. Pero he aquí que no fueron sus pregones lo que a mis oídos llegó, sino el alarido estridente y cacofónico del gallo de mi buen vecino Pandremeno, que por enésima y no última vez, me temo, hacía desvanecerse mis sueños para caer yo sobre el duro mármol de la realidad cotidiana.

TEOFILO.- En verdad puedo decir, oh, amigo Eleuterio, que a diario me siento conmovido por tus penurias matutinas, que tienes a bien compartir con nosotros, ineludiblemente, todas las tardes en este sereno rincón a la sombra de un olivo, por contraste sito dentro de este animado ágora que a nuestra ciudad tiene a bien servir de centro geográfico, escenario de comercio, lugar de conversación o bullicioso escondite a los ojos de alguna esposa malhumorada, según los casos. Y quizás en este último se encuentre nuestro amado amigo y vecino Pandremeno, pues por el camino le veo acercarse más atento al trecho recorrido que al aún por recorrer.

PANDREMENO.- Buenas tardes, buena semana y buen mes, oh, mis queridos amigos Teófilo y Eleuterio, pues todo ello comienza y en nuestras costumbres está el desear que os sea propicio. ¿Qué conversación os tenía ocupados, inmersos como os veía al venir en animada charla?

TEOFILO.- Eleuterio me relataba su sueño de anoche, con el traumático y avícola fin común a todas las fantasías que le sobrevienen cuando es mecido por los confortables aunque poco resistentes brazos de Morfeo.

PANDREMENO.- No puedo menos, oh, mi querido Eleuterio, que sentirme en parte culpable por tus súbitos amaneceres, pues de mi hogar proviene la fuente inagotable de tus perturbaciones y las de tu venerada madre, la cual no gana para limpiar los estropicios que las ensoñaciones producen en tu lecho.

ELEUTERIO.- No, mi apreciado Pandremeno, esta vez las suaves telas que mi apolíneo cuerpo cubren en la noche se vieron libres de sus habituales humedades, pues era yo ahora un aguerrido y admirable héroe legendario luchando por la noble causa del honor de su familia, aunque no descarto que, de haber tenido un rato más, mi varonil presencia no hubiese acabado en el gineceo del palacio ante los ardientes suspiros de alguna doncella…

TEOFILO.- De los ardientes suspiros de alguna doncella parecía huir Pandremeno cuando con nosotros hace poco se reunió, ¿no es así, oh, querido amigo?

PANDREMENO.- Más bien sulfurosos alientos exhala por su boca mi esposa Circenia, a la que en buena hora despojé yo del rango de doncella, cuando se prueba miríadas de clámides en el puesto de las telas con la vana pretensión de que le caigan como a las esbeltas korés que el sastre exhibe al público a modo de reclamo. Yo, en mi sempiterna inocencia, hágole ver la diferencia y entonces ella me da argumentos para pensar que su parentesco con la Gorgona es de primer grado.

ELEUTERIO.- Por hombre juicioso y noble te tenemos tus amigos, oh, Pandremeno, mas a veces invitas a creer que eres un punto exagerado en tus sentencias, pues a Circenia todos la vemos como mujer de bella estampa y afable carácter, tal y como tú te empeñas continuamente en negar. ¿No es así, oh, sensato Teófilo?

TEOFILO.- Así es como dices, oh, deiforme Eleuterio, mas a la opinión de Pandremeno habremos de dar su justo peso, pues no en vano comparte vida y lecho con Circenia desde hace ya más de una década y, como todos sabemos, la opinión surge del conocimiento, por lo que más conocimiento habrá de tener sobre el carácter de Circenia quien a diario lo tiene bajo su mismo techo, ora compartiéndolo, ora sufriéndolo.

PANDREMENO.- Sabiamente hablas, oh, egregio Teófilo, y el joven Eleuterio habría de prestar buenos oídos tanto a tus sabios consejos como a mis variopintas experiencias, pues es sabido que él corteja a la bella Helena, sobrina de Circenia, y es muy posible que de la misma cuna haya heredado las mismas virtudes.

ELEUTERIO.- De eso no has de tener duda, buen Pandremeno, pues no sólo la belleza de la propia Afrodita impregna su rostro y figura, sino que también, como tú admites, todas las virtudes conocidas adornan su carácter.

PANDREMENO.- Joven eres, Eleuterio, y enamorado estás de aquella por quien bebes los vientos y mojas las sábanas. Mas cuídate bien de que las virtudes de la excelsa Helena no vayan más allá de las que los espejos reflejan. “Llena de virtudes te doy a mi hija”, me dijo mi difunto suegro, que en el Hades me espere atizando la fragua por muchos años. Lo que no me llegó a decir es que sus virtudes consistían en manejar diestramente el palo de la escoba y no para barrer, en tener el don de la ubicuidad para aparecer allá donde se destape un ánfora de vino en mi presencia y en lanzar en dirección a mi cráneo la piedra de moler el grano como sólo creía yo que era dado hacer a aquellos discóbolos que triunfan en Olimpia.

TEOFILO.- Ambos dos, que no tres ni cuatro, estáis en vuestra parte de razón, pues de siempre es sabido que solteros y casados envídianse mutuamente las respectivas ventajas de sus estados y las circunstancias que les acompañan, mientras prestan ojos ciegos a aquellas contrariedades que equilibran la balanza. Quiere el soltero yacer con la mujer amada como hace el casado, mientras el casado añora la libertad de que gozaba cuando era soltero. Así pues, queridos amigos, mi amados Eleuterio y Pandremeno, gozad cada uno de aquello que os es propio en este tiempo, que lo que haya de venir, vendrá, y lo disfrutado, disfrutado estará.

PANDREMENO.- Oh, dioses, hemos de agradeceros que al sabio Teófilo nos hayáis dado por amigo cuando bien podíais haberle dado asiento junto al gran Zeus en el Olimpo. Siempre son justas tus palabras, oh, amigo.

ELEUTERIO.- Bien dices, oh, amigo Pandremeno. Y en mente tendremos tus palabras, oh, excelso Teófilo, ahora que ya la tarde agoniza y a nuestros hogares nos hemos de retirar. Oh, mis grandes amigos, mañana hablaremos. Descansad hasta entonces y que la noche sea benévola con vosotros, oh, mis generosos compañeros. Adiós.

PANDREMENO.- Sí, oh, joven Eleuterio y justo Teófilo. Oh, dioses, alumbrad mi camino ahora que a mi hogar vuelvo en hora, me temo, inoportuna. Adiós, oh, Teófilo.

TEOFILO.- Quedo en paz, oh, buen Pandremeno. Adiós, oh…………………………. No sé bien por qué, pero me apetece zumo de manzana fermentado.

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2 comentarios:

magisma52 dijo...

Hola Gonzalo:
¿¿¿Qué si puedo leerlo??? Lo estaba deseando!!! Y me ha encantado, de verdad! Lo de los nombres es buenísimo y qué decir del discurso final de Teófilo (qué razón tiene), pero lo que más me ha gustado es ese toque greco-asturiano de la sidrina, jejeje...
Besos y hasta el próximo capítulo.

Gonzalo Melero dijo...

Mil y una gracias. Espero mantener el nivel de las expectativas, jeje. Un abrazo